Lector, te hago una pregunta sencilla al comienzo de un nuevo año. ¿Estás preparado? Despedirse del año viejo es algo solemne. Comenzar uno nuevo es aún más solemne. Es como entrar en un pasadizo oscuro. No sabemos lo que nos encontraremos antes del final. Todo lo que tenemos ante nosotros es incierto. No sabemos lo que nos deparará el día, y mucho menos lo que puede suceder en un año. Lector, ¿estás preparado?
¿Estás preparado para la muerte? Algún día llegará. Puede que llegue este año. No puedes vivir eternamente. Este mismo año puede ser el último. No tienes ningún derecho de propiedad en este mundo. Ni siquiera tienes un contrato de arrendamiento. No eres más que un inquilino a merced de Dios. Tu última enfermedad puede sobrevenirte y darte aviso de que debes partir. El médico puede visitarte y agotar sus habilidades en tu caso. Puedes sentir que te acercas al ataúd, a la tumba, a los gusanos, a un mundo invisible, a la eternidad y a Dios. Lector, si la muerte te sobreviniera, ¿estás preparado?
¿Estás preparado para las pérdidas? Sin duda hay personas en el mundo a las que amas. Hay personas cuyos nombres están grabados en tu corazón y a las que estás profundamente apegado. Hay personas que son la luz de tus ojos y el sol de tu existencia. Pero todas ellas son mortales. Cualquiera de ellas podría morir este año. Antes de que vuelvan a florecer las margaritas, cualquiera de ellas podría estar yaciendo en una tumba. Lector, ¿estás preparado?
Lector, si no estás preparado, te suplico que te prepares sin demora. Te digo, en el nombre del Señor Jesucristo, que todas las cosas están preparadas por parte de Dios para tu salvación. El Padre está listo para recibirte. El Señor Jesús está listo para lavar tus pecados. El Espíritu está listo para renovarte y santificarte. Los ángeles están listos para regocijarse por ti. Los santos están listos para tenderte la mano derecha. ¡Oh! ¿Por qué no prepararte este mismo año?


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